Un viejo que leía novelas de amor – Luis Sepúlveda

Un viejo que leía novelas de amor

El escritor Luis Sepúlveda (Ovalle, Chile, 1949 – Oviedo, 2020), víctima de la actual pandemia, era un viajero de raza. Recorrió, entre otros muchos territorios, la selva amazónica y nos regaló Un viejo que leía novelas de amor, una historia breve sobre la naturaleza más oscura del ser humano, un relato que se adentra en un corazón que habita entre tinieblas.

LA SELVA

El personaje principal, Antonio José Bolívar Proaño, luchador y superviviente en lugares selváticos, aprende lo mejor de los shuar. Dejando a un lado la ficción, al lector le gustará saber que se trata del pueblo indígena más numeroso del territorio amazónico, localizado en las selvas de Perú y Ecuador. Como ya deben intuir, para los shuar el gringo u hombre blanco es un estorbo, una maldición que arrasa con todo. De la cruel colonización, estamos hablando.

Volviendo al libro que nos ocupa, Proaño sabe leer pero no escribir. Descubre que sus novelas favoritas son las de amor, y las lee despacito, varias veces, e imagina los lugares descritos, tan diferentes al suyo. La ternura que despierta su pasión por la lectura nos ayuda a sobrellevar la verdad que nos muestra Sepúlveda. Es una historia tan bella como triste, y a algunos les recordará a El corazón de las tinieblas, de Joseph Conrad.

LA AVARICIA

A los hombres que vienen de lejos no les interesa la belleza y el poder de la selva, solo quieren encontrar las pepitas de oro y llevarse las pieles de los tigres pequeños. Al mismo tiempo, están contaminando la pulcritud de los lugareños. ¿Es que no sienten nada cuando asesinan a las bestias, cuando las maltratan, cuando invaden hogares ajenos? ¿Ni una sola lágrima? ¿Qué es lo que les convierte en seres malvados?

Luis Sepúlveda nos permite viajar hasta aquellos territorios que, simplemente, no nos pertenecen. El escritor ejercita nuestra memoria, nos recuerda que, a pesar de que haya seres humanos infames, siempre habrá quien se mantenga al margen o luche en contra de los despiadados. Porque hay quienes todavía entienden que nunca podrán superar a la naturaleza.


Roser Ribas

Título: Un viejo que leía novelas de amor
Autor: Luis Sepúlveda
Editorial: Tusquets
Páginas: 144
Fecha de publicación: febrero 1993

2 Comentarios
  • Alejandro Preckel
    Publicado a las 00:10h, 19 noviembre Responder

    (Editado por Negra y Mortal para advertir que este comentario contiene spoilers)
    Un viejo que leía novelas de amor

    Últimamente nos tienen acostumbrados a las novelas con finales ambiguos, y hasta se toma esto como una virtud, un signo de literatura contemporánea casi obligado, pero “Un viejo que leía…” se aparta del canon. La cosa me parece más o menos así: en sustancia, el autor pone lo que hay que poner (sin exageraciones, eso sí): un personaje, un entorno y un misterio, trilogía que discurre discursivamente más o menos independiente en las primeras tres cuartas partes del relato, y que se fusiona con astucia y elegancia en la parte final, paradójica, significativa, bella, sincera y honesta, todo a la vez.

    Paso un momento a la voz del relato: sin llegar a producirse una fusión fundadora de estilo, se nota el influjo del realismo mágico, del naturalismo dramático de Horacio Quiroga y de los tortuosos pasajes de Conrad, combinados de manera efectiva, aspecto del que no queda duda, pues casi todo el libro, excepto ciertos pasajes del final, está construido con frases cortas que presentan significancia en si mismas, atractivas por relación directa o indirecta con la trama, y que no podrían situarse en el texto si aquellos rasgos importados no estuvieran en armonía. Esos elementos laterales que refuerzan el discurso del autor solo presentan un bajón al inicio del capítulo 4, cuando la voz ecológica se vuelve un tanto artificial y separada de la voz propia de la novela, pero esto se reivindica enseguida y no lastima el conjunto de la obra.

    Surge así un conjunto de personajes singulares, unos colonos y un pueblo nativo y amenazado que conviven en una geografía real y concreta, pero que a partir de su condición de lejanía, por obra propia del autor, se convierte en casi ficcional y legendaria, un entorno de esencia decimonónica (las grandes exploraciones, desiertos, junglas, tribus perdidas, exotismo expuesto al maltrato (in)civilizado), pero mágico por su adaptación literaria. Es este el escenario, el primer elemento de la trilogía.

    Ahora, el misterio: la muerte violenta, seriada, que prefigura un terror inusual en el hombre, y que inconscientemente se refleja en el mismo terror ante la violencia que sobre la naturaleza ejerce el ser humano.

    Y por último el personaje, su condición, su historia, su ubicación, y esa ignorancia inocente que no es por no saber, o mejor dicho, por la inconsciencia de no querer saber, sino por el avatar emocional y el infortunio de la soledad (“Era poseedor del antídoto contra el ponzoñoso veneno de la vejez. Sabía leer.”).

    En el final, magistral, todo se amalgama, el misterio (la tigra cebada) se convierte en símbolo de la selva en lucha contra la agresión, el personaje (Antonio) se disocia, por un lado, en la propia conciencia de sí mismo en una retrospectiva nostálgica que le devuelve como resultado la noción de su vejez y soledad, y por el otro, en el símbolo fatal de la agresión del hombre sobre lo natural.

    Y el final, muy bello, es esa danza compartida entre Antonio y la Tigra, cada uno en su condición simbólica, con los mismos códigos, con lealtad a los principios, y una batalla injusta, pero inevitable.

    Alejandro Preckel – apreckel@gmail.com

  • Roser Ribas
    Publicado a las 10:05h, 19 noviembre Responder

    Muchas gracias, Alejandro. Intentamos no interpretar demasiado ni dar tanta información sobre el libro. Un saludo

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