Todo el mundo está cuerdo

«Todo el mundo está cuerdo. Terrible, horriblemente cuerdo».

El despertador, la ducha, el desayuno. Las llaves cerrando la puerta; el autobús saltándose la parada; el torno del trabajo al comenzar la mañana. Todo resulta monótamente cuerdo.

Un podcast nuevo, el transistor en la cocina, la televisión de fondo de armario. La luna que ya no crece; la borraja que ya no ensucia; el tomate que ya no sabe. Todo brota amargamente cuerdo.

Desaparecen los músicos de las calles, de los túneles, de los árboles. Ya no vuelan los gorriones; ya no rugen los aviones; se ha parado el diapasón. Todo se oye tristemente cuerdo.

«Ya no hay locos. Amigos, ya no hay locos». 

Si no es ahora,
ahora que la Justicia vale menos,
mucho menos, que el orín de los perros;
si no es ahora, ahora que la Justicia
tiene menos,
infinitamente menos
categoría que el estiércol;
si no es ahora, ¿cuándo,
cuándo se pierde el juicio?
Respondedme, loqueros,
¿cuándo se quiebra y salta roto en mil pedazos
el mecanismo del cerebro?
Ya no hay locos, amigos, ya no hay locos.
Se murió aquel manchego,
aquel estrafalario
fantasma del desierto,
y …, ¡ni en España hay locos!
Todo el mundo está cuerdo,
terrible,
monstruosamente cuerdo.

Fragmento del poema Loqueros… Relojeros…, de León Felipe.

 

Diego Manzanares

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