Sol azul

El sol azul del invierno le da en la cara en el bus de vuelta a casa. Un sol que ya no molesta, sino todo lo contrario. Un sol buscado que pronto decidirá retirarse. Un sol salado de lágrimas anónimas. 

El sol azul le recuerda al lago en el que bebían los elefantes, saciados por el agua y por su propio reflejo mudo. Gime el sol como gimen las flores y como gime el barro que sustenta al mundo.

Se mezcla el sol y el azul con lo vertiginoso y con lo voraz, imán insaciable. La ventanilla del bus es la celosía sin alicatar desde la que se filtra lo inevitable. 

Al final, como siempre, puede más el azul que el sol, justo en el momento en el que más felices repicaban las campanas. Es la aplastante rutina de la vida, incansable en su cerril objetivo de que no entendamos lo que tan claramente se nos presenta ante nuestros ojos.

Y el bus llega con la noche. Baja, vamos, baja. Aunque nadie te espere en la parada. 

 

*Al poeta de poetas Antonio Machado, por estos días azules y este sol de la infancia, los últimos versos encontrados en su chaqueta aquella fría mañana de invierno en Collioure.

Diego Manzanares

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