¿Hacia qué tipo de mundo vamos?

el mundo sin nosotros

Poca gente sabrá que este 2021 es el año en el que se inicia el período 2021-2030, proclamado por la UNESCO como el “Decenio de las Ciencias Oceánicas para el Desarrollo Sostenible”. Según explica el COI (Comisión Oceanográfica Intergubernamental), busca reunir a las partes interesadas (comunidad científica, políticos, empresas y sociedad civil) de todo el mundo y “tratar de planificar los próximos 10 años dedicados a la ciencia y tecnología oceánicas, para lograr juntos el océano que necesitamos para el futuro que queremos”.

Los océanos cubren el 70% de la superficie terrestre y, no cabe duda, de que son el elemento esencial de la vida en este planeta, así como también los reguladores del cambio climático.

Si paramos a alguien por la calle y le preguntamos qué sabe de los océanos y de los mares dirá que son fuente de vida, podrá nombrar unos cuantos y traerle recuerdos del verano y de playas idílicas. Pocos serán los que comenten que cada vez están más contaminados y que el hombre es el responsable directo.

De acuerdo con un informe del año 2019 de la Organización de las Naciones Unidas sobre el estado del planeta, “las condiciones medioambientales “deficientes” son responsables de alrededor del 25% de las muertes y enfermedades mundiales”. Cada año llegan a los mares más de 8 millones de toneladas de basura, en su mayoría son plásticos, pero encontramos todo tipo de residuos, muchas veces debido a la mala gestión de las empresas que impunemente vierten sus desechos al mar.

PEQUEÑOS GESTOS INDIVIDUALES PARA CAMBIAR LAS COSAS

De un tiempo a esta parte, colaboro con una empresa local en la limpieza de las playas de mi ciudad, y os sorprenderían las cosas que trae el mar. En la última limpieza recogimos más de 30 bolsas con todo tipo de residuos, entre los que había 40 zapatos, 50 pilas, unas 30 mascarillas y, por supuesto, colillas. Todo esto en una playa bastante pequeña. El simple gesto de tirar una colilla al suelo, implica más de lo que podemos imaginar. Cada año, 4,5 billones de colillas terminan en su mayoría en el medio acuático, lo que vienen siendo unos 8 millones por minuto. Las colillas están formadas por fibras de acetato de celulosa, que filtran parte de los elementos nocivos del tabaco, con lo cual son altamente tóxicas para el medio ambiente.

Normalmente, los cigarrillos suelen tirarse en la calle sin mayor impunidad, y cuando llueve suelen acabar casi siempre en las alcantarillas, el mar o en un río cercano, y se estima que una colilla puede contaminar hasta 1000 litros de agua. Al hincharse desprenden miles de microfibras que son tóxicas y acaban siendo ingeridas por todo tipo de organismos, desde los más pequeños como el zooplancton a peces de todos los tamaños. Pero también esas fibras son arrastradas por el viento y se han encontrado en sitios como el Ártico. Y finalmente pueden acabar en nuestros alimentos y, por consiguiente, en nuestro organismo.

LAS ISLAS DE PLÁSTICO

Actualmente —y digo actualmente porque me temo que aparecerán más— existen en el planeta cinco islas compuestas en su mayor parte por plástico: dos en el Atlántico, dos en el Pacífico y una en el Océano Índico. La primera fue descubierta en el año 1997 y la última en el 2011. La del Pacífico norte tiene un tamaño equivalente a Francia, España y Alemania juntas, una auténtica barbaridad. El Foro Económico Mundial (WEF) prevé que en 2050 los océanos podrían contener más toneladas de plástico que de peces.

Eliminar estas islas es muy complicado debido a su extensión, pero podemos evitar que la situación empeore y que sigan aumentando. Pequeños gestos como reducir el consumo de plástico, reutilizar y reciclar dentro de nuestras posibilidades, concienciar a nuestros hijos y entorno, o incluso denunciar a las autoridades en caso de presenciar vertidos ilegales en el mar o en los bosques, puede ayudar en gran medida.

¿Y SI DESAPARECEMOS COMO ESPECIE?

Alan Weisman, en su libro El mundo sin nosotros, se plantea esta cuestión: ¿Qué pasaría si de la noche a la mañana desapareciese la humanidad, no quedase un solo ser humano y el mundo pasase a ser un lugar exclusivo para animales y plantas? ¿Cuánto tardaría la vegetación en cubrir el asfalto de nuestras ciudades, o cuántos años aguantarían sin derrumbarse los puentes al no tener un mantenimiento o en anegarse los diques con la consiguiente inundación y desaparición de ciudades enteras?

Los animales y la propia naturaleza acabarían adueñándose de todo. Los mares y los ríos volverían a sus cauces originales, los bosques recuperarían el espacio robado por el hombre, y así irían regulando poco a poco todo el daño que le hemos causado.

El autor, lo que nos trae es un ensayo científico. No pensemos que es una novela con tintes apocalípticos, recordemos que parte del supuesto de que un día desaparezca la humanidad, así que debemos tratarlo más como un libro de consulta. En casi 450 páginas —las cincuenta últimas de agradecimientos e índice alfabético, más que suficientes— hay capítulos que se hacen algo densos debido a la cantidad de cifras y datos estadísticos que aporta, y hace que lleguemos a perder un poco el hilo. A lo que sumar unas cuantas hipótesis que por supuesto puede que se den, pero es difícil imaginarlas. Como con todo, tenemos que sacar nuestras propias conclusiones y reflexionar sobre lo que nos plantea, posiblemente debamos aprender a vivir con lo imprescindible y desechar lo prescindible.

Creo que está en nuestra mano frenar el daño que hacemos, no podemos dejar que sigan desapareciendo los bosques, que se sequen los ríos, o que el mar esté contaminado cada vez más por los plásticos. Debemos frenar el impacto del ser humano. ¿Saldremos de esta? Es posible, pero tenemos que actuar YA, porque algo tarde vamos.  Lo que sí es obvio, tras esta exposición, es la capacidad de regeneración  que posee la naturaleza, a pesar de cómo la maltratamos, así que igual los seres humanos no somos tan necesarios. ¿O sí?

Román Romeral

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