Poeta portugués

Bar

Al principio dudé si molestarle o no, tan callado, bebiendo solo en una esquina de la barra. Así que distraje los minutos leyendo el primer periódico que tenía a mano. Se me hizo raro ver a Pessoa por el Penguin, la verdad, pero tampoco quise preguntarle por eso. Un bar como otro cualquiera, supongo.

Estaba Desi detrás de la barra poniéndole otra media pinta cuando ya no lo soporté más y me acerqué hasta él: —¿Es usted Fernando Pessoa, verdad?—. Y me contestó que sí, sin despegar el bigote de la cuartilla sobre la que parecía garabatear unos versos.

Entonces, se me ocurrió que una manera de captar su atención podría ser preparando unos cócteles. Así que llamé a la camarera y le propuse que innovara con algo que tuviera a mano, que creara algo solo para Pessoa.

Un chorrito de ron, otro poquito de vodka, limonada, algo de sprite y mucho de fruta de la pasión. —Pruebe, don Fernando, pruebe—. Y el portugués, sin pensárselo mucho, se lo bebió de un sorbo. —Algo bucólico. Sin duda, le hubiera gustado a Ricardo Reis—.

Su gesto y su negativa con la cabeza daban a entender que aquello no complacía del todo al poeta, y continuó con lo que estaba haciendo. De esta manera, lo que había empezado como un tributo hacia Pessoa, se había convertido en un reto para la buena de Desi.

Limpió la coctelera, le echó unos cubitos de hielo, y volvió a cumplir con el ritual anterior, solo que esta vez variando ligeramente algunos de los licores pero, eso sí, manteniendo la fruta de la pasión como su principal ingrediente. Tras agitarlo con fuerza, de aquel recipiente salió entonces un líquido rojo coral como no se ha visto otro, tan brillante y reluciente que había que apartar la mirada en ocasiones.

Lógicamente, el destello llamó la atención del poeta. Se terminó el brebaje de un trago nuevamente y, tras chasquear la lengua contra el paladar, asintió con la cabeza y desapareció. Tan solo quedó su cuartilla, en la que se adivinaban unos versos:

Todas mis horas están hechas de jaspe negro, 
mis ansias todas talladas en un mármol que no existe, 
no es alegría ni dolor este dolor con el que me alegro, 
y mi bondad inversa no es ni buena ni mala…

De esta manera, no cabía otro nombre para aquel cóctel que el de ‘Poeta portugués’.

Diego Manzanares

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