Olga Merino: «Hay que hablar del suicidio hasta la saciedad»

Olga Merino
Olga Merino / © Marta Calvo

Dos semanas antes de que el estado de alarma se decretara en nuestro país, la escritora catalana Olga Merino (Barcelona, 1965) veía publicada su cuarta novela: La forastera bajo la firma de editorial Alfaguara. Licenciada en Ciencias de la Información, actualmente coordina su trabajo en El Periódico de Catalunya junto al de profesora de escritura en la prestigiosa Escola d’Escriptura Ateneu Barcelonès

Negra y Mortal. Tras ocho años de pausa, decide publicar ahora. ¿Cómo ha sido la promoción de la novela en esta época de confinamiento?

Olga Merino. Presentamos la novela en Madrid el 26 de febrero y al día siguiente en Barcelona. Apenas dos semanas después, el 14 de marzo, cayeron sobre nuestras cabezas la maldición bíblica del coronavirus y el confinamiento estricto. ¡Qué mala sombra! ¿Era real lo que estaba sucediendo? Después de ocho años sin publicar, llegaba con muchas ganas de pelear por La forastera (Alfaguara), de defenderla, dispuesta a ir hasta el último pueblo para darla a conocer. Pero, de un plumazo, se difuminaron los dos acontecimientos principales del año literario: nuestro Sant Jordi y la Feria del Libro de Madrid, las mejores oportunidades para el encuentro con los lectores. Menuda bofetada. He hecho lo que he podido para paliarlo a través de las redes, abriéndome cuentas en Facebook e Instagram y aprendiendo a manejármelas con el Zoom a marchas forzadas. Confío en que la desescalada dé un poquito de aliento a las novelas que, como la mía, que se quedaron ‘congeladas’ en el punto álgido de la pandemia.

NyM. La forastera es un canto a la libertad individual, y sobre todo a la feminidad. ¿De dónde surgió la idea de escribirla?

O.M. El origen fue una obsesión que se maceró en mi cabeza durante muchos años: el suicidio de un amigo mío cuyo padre también se había quitado la vida. Mi amigo esperó a cumplir exactamente la misma edad con que su progenitor se suicidó. ¿Cómo se explicaba aquello? ¿Por qué ese ritual? Al final, aunque el suicidio permea el texto, la novela es un canto a la libertad y a la capacidad de resistencia del ser humano. Mira por dónde, sin haberlo premeditado, la protagonista, Ángela o Angie, es un modelo de resiliencia, de resistir en las peores condiciones, con un espíritu de lucha que se aviene muy bien con el virus y la crisis que se nos han echado encima. Cansada de una vida de excesos, Ángela se refugia en casa de su madre, en una aldea recóndita del sur, y cuando al fin cree que podrá llevar una existencia plácida, empieza el verdadero asedio. Tiene cincuenta y pocos años; su casa y su cuerpo en la menopausia empiezan a desmoronarse y, sin embargo, de ella surge una voz potente que al fin ya no teme a nada ni a nadie.

NyM. ¿Cómo fue su periodo de creación?

O.M. Durante mucho tiempo, investigué el tema del suicidio. ¿Tiene un componente genético? Existen familias, como los Hemingway, en las que esta desgracia se perpetúa de generación en generación. Leí libros, novelas y ensayos al respecto. Me entrevisté con varios psiquiatras para aprender que no, que el suicidio no es hereditario; en todo caso, lo que se heredan son “pautas de conducta”, el quitarse la vida como ‘solución’ a un problema vital, económico, de pareja, una depresión… Gracias a una tesina doctoral, del psiquiatra Antonio García López, supe de la existencia de una especie de triángulo en Andalucía, entre las provincias de Córdoba y Jaén, donde la media nacional de suicidios se dispara… El doctor hablaba en su estudio de una joven suicida, abandonada por el novio casi en el altar, cuya familia la enterró amortajada con el vestido de novia. ¡Aquello era una imagen literaria potentísima! Ya tenía el paisaje para mi novela, una tierra que conozco bien por mis raíces familiares. Ahí empezó a fluir lo que durante años se había atascado.

NyM. ¿Por qué ubica la obra en un sitio innombrable de la España profunda?

De ningún modo quería estigmatizar a esos pueblos de las serranías subbéticas (Iznájar, Lucena, Rute, Alcalá la Real, Frailes…) con una tasa elevada de suicidios, peculiaridad que también existe, por ejemplo, al este de la isla de Menorca o en los acantilados de Moher, en Irlanda. Lo que me interesaba era el vínculo del hombre con su raíz. El lector podrá identificar en La forastera un paisaje andaluz, de cortijos aislados, de colinas superpuestas festoneadas de olivos. Pero la historia que se cuenta, la soledad que de ella emana, puede encajar a la perfección con la de un pueblo de Aragón, de Extremadura, o de la llamada Laponia española. Si me apuras, aunque el paisaje difiera radicalmente, con sus lluvias y vacas, también con una aldea orensana o de León. Esa es la España vacía, despoblada dramáticamente desde los años cincuenta.

NyM. La han categorizado como western contemporáneo, ¿le parece una categoría adecuada?

O.M. Me agrada la etiqueta, no me chirría. Aunque el lector no encontrará a John Wayne ni al indio Cochise cabalgando por sus páginas, La forastera contiene desde luego los ingredientes clave del género: un paisaje duro y hostil pero a la vez bello y digno, así como una gavilla de personajes al límite, buscavidas, gentes de paso, desarraigados. También subyacen la violencia, la venganza, el peso del propio destino, temas consustanciales al western. Como atravesamos una época de cambios y turbulencias, de transformación, parece que el género experimenta ahora un revival, si bien nunca murió del todo. Junto a La forastera, coinciden en las librerías pequeñas mujeres rojas, de Marta Sanz; A lo lejos, de Hernán Díaz; Como si existiese el perdón, de Mariana Travacio; y Basilisco, de Jon Bilbao.

NyM. El personaje principal, Ángela, está narrado en primera persona, ¿qué hay de usted en Angie?

O.M. Como Ángela, he cumplido ya los 50 años, la verdadera edad bisagra de la mujer, cuando ésta encuentra su propia voz, ajena ya a las servidumbres, a esa ‘necesidad’ de agradar a todo el mundo. Como Angie, viví en Londres en una época convulsa, los últimos años de Margaret Thatcher, cuando la gentrificación y el neoliberalismo empezaron a cambiar radicalmente su faz y su espíritu. Sigo amando esa ciudad, ya tan cambiada. También comparto muchas complicidades con Nigel, el pintor, el novio de la protagonista. El escritor se va desmigajando un poco en todos sus personajes.

NyM. En la novela trata el tema del suicidio y lo relaciona con la cuestión hereditaria gracias a un estudio sobre psiquiatría. ¿Es una crítica social hacia ese aspecto de la mente humana?

O.M. Ojo, como dije antes, el suicidio no tiene una carga en los genes; lo que se heredan son los modelos de comportamiento, de una familia o de una zona. No, no hago crítica social de ese aspecto obsesivo de la mente humana; en todo caso, siento compasión por el suicida y sus familias. Durante la investigación para La forastera, en las lecturas y conversaciones con psiquiatras, me quedó muy claro un aspecto: hay que hablar del suicidio, hablar, hablar y hablar hasta la saciedad. Sacarlo a la luz. Sacudirlo. Nunca esconderlo bajo la alfombra ni convertirlo en tabú. Los suicidas suelen avisar de sus intenciones.

NyM. En La forastera hay mucha ambientación y descripción del lenguaje del campo, ¿de dónde saca ese léxico y vocabulario tan agreste y rural?

O.M. Provengo del sur, de familias de raíz campesina, sin bibliotecas pero con una fantástica tradición oral a cambio. Refranes, dichos y palabras muy ligadas al campo y a las tareas agrícolas. Mi madre, mis tías, mi abuela y tías abuelas usaban palabras de ese universo semántico con absoluta naturalidad, porque con ellas se habían criado. Palabras como zahúrda, támara, trébedes, alpende, alcuza, hocino… Fui una esponja. Y de pequeña, a los 13 y 14 años, me recuerdo subrayando cuantas palabras no entendía en Delibes y otros novelistas. Me fascinan las palabras. De ellas vivo.

NyM. ¿Tiene conocimiento del arte de la pintura? En la obra hay varias incursiones en aspectos de gradación de colores.

O.M. Me documento profusamente para escribir —no sé si es una virtud o una cruz—, y también he conversado largamente con pintores para comprender su búsqueda, qué sienten durante un arrebato de éxtasis creativo. Me gusta la pintura. Mucho. Yo sólo emborrono lienzos, pero me encanta jugar con la luz y los pigmentos. Me maravilla cómo en los buenos pintores la superposición de manchas puede acabar formando un mundo. En parte, las novelas también se construyen así.

NyM. ¿Está inmersa en algún nuevo proyecto?

O.M. Estoy culminando un proyecto de hace muchos años, una especie de diario, ensayito y libro de viajes de los años que viví en Rusia, seis inviernos, un mundo en plena transformación del comunismo a la economía de mercado, donde combino lo vivido con mi admiración por la cultura rusa. Tengo también una novela en cocina, pero prefiero no hablar de ella, por si acaso, por si se gafa, jajaja. Todavía se encuentra en un estado embrionario.


Alba R. Prieto

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