Muere(te) – Microrrelato

Muere(te) – Microrrelato

microrrelato

Cerró los ojos porque lo que vio le superó. Ya no podía más. Estaba hasta los cojones de todo, ¿de todo? ¿o era imaginación suya? Ya no distinguía la realidad de la ficción. No sabía ni dónde estaba. Increíble que a una persona le pueda suceder una cosa así. Pero él no era el único, le pasaba a mucha gente. Pensó: ¿A quién no le ha ocurrido que no sabe si está soñando o viviendo? La imagen era dantesca. Su chica, la de toda la vida, la del día anterior mientras follaban como si no hubiera un mañana, la de esa misma mañana cuando le dijo ”nos vemos en un rato”. Allí estaba, con la cara completamente desfigurada por los golpes. Un río oscuro brotaba desde su boca para concentrarse a la altura del cuello. Sus ojos abiertos le miraban fijamente pidiendo venganza.

Estaba paralizado. Sintió impotencia, ganas de llorar, de que se lo tragara la tierra. No sabía qué hacer. El mundo se le derrumbó encima. Tenía los pies clavados en el suelo, le era imposible moverse. La sed de venganza empezó a correrle por todo el cuerpo. Sabía que aquello había sido un aviso. Para castigarlo, para traumatizarlo.

Vibró su móvil, un whatsapp de un número desconocido apareció en notificaciones. -Capullo. Esto no ha hecho más que comenzar.

Nada más leerlo, lo estampó contra el suelo. Ahora, la ira se apoderó de él. Sabía perfectamente quién era el responsable, quién era el hijo de puta que le dio muerte a su chica.

Salió de allí escopeteado, la furia le cegaba. Se montó en el coche y fue en busca del asesino. Se presentó en su casa. Derribó la puerta de una patada, gracias a sus botas reforzadas de hierro del trabajo. Atravesó el pasillo y allí lo encontró, sentado en un sucio sillón.

– Te estaba esperando – le dijo la voz – Eres un mierdas, ¿lo sabías? Un capullo que no sirve para nada. ¡Muérete!

Al oír aquellas palabras, soltó un fuerte chillido y se lanzó encima del asesino. Empezó a destrozarle la cara, con cada puñetazo la rabia aumentaba. Después de la serie de golpes, su cara quedó irreconocible, completamente hinchada y desfigurada. En su último aliento, una risa se dibujó en su rostro destrozado. Podía intuirse una lágrima deslizándose por la mejilla. Se le llenó la boca de sangre y allí se quedó, con los ojos mirándolo fijamente. Los mismos ojos que media hora antes vio en el cuerpo inerte de su novia. Parpadeó y allí estaba, delante del cadáver de su chica. Él era su asesino. La locura se había apoderado de él.

 

Jose Núñez

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