Las hijas de la tierra – Alaitz Leceaga

Las hijas de la tierra

Alaitz Leceaga (Bilbao, 1982) nos invita a viajar al pasado con ‘Las hijas de la tierra’. Entre viñedos y secretos, encontraremos a un grupo de mujeres que deben desenvolverse en un mundo gobernado por hombres. Una magnífica visión de la España de finales del siglo XIX, donde el caciquismo imperaba a sus anchas.

“Las Urracas”, ¿una finca maldita?

Gloria vive en “Las Urracas”, una finca presidida por un antiguo palacete en mal estado debido a la ausencia de cuidados. El principal sustento de la familia Veltrán-Belasco era la producción de vino, pero sus viñas se han quedado secas. Hace años que ningún fruto crece en esa tierra que, dicen, está maldita.

En un momento en el que todo son supersticiones, el llamativo color rojo fuego del pelo de Gloria y sus dos hermanas, sumado a la enfermedad mental que padeció su madre en sus últimos años de vida, ha hecho que quien más, quien menos, piense que el demonio habita dentro de ellas.

Tres hermanas y un hermano

Miedo. Con miedo es como viven Gloria, Teresa y Verónica, estas tres hermanas. Se encuentran sometidas a la autoridad de la tía Ángela, una vieja que cree en el castigo físico como sinónimo de educación. Para su padre, que no piensa más que en recuperar su antiguo estatus, no existen. Por otro lado, el hermano mellizo de Gloria, Rafael, solo ansía poder y no duda en tiranizar a las jóvenes.

«El dolor se cuela hasta por las rendijas más pequeñas, y se instala ahí. Anida en las grietas oscuras. Crece, crece y crece como un animal hambriento que se alimenta de todo lo demás, devorándolo. Hasta que solo queda él; el dolor».

Pero las cosas cambian. Las tres muchachas empiezan a darse cuenta que unidas pueden decir que no. Juntas pueden cambiar las cosas y conseguir expulsar los demonios que las acechan.

Una ambientación gótica en Logroño

Una de las cosas que más me ha sorprendido de ‘Las hijas de la tierra’ es su magnífica ambientación. Por un lado las descripciones del palacete en el que vive la familia Veltrán-Belasco nada tiene que envidiar a las creadas en las mejores novelas de terror gótico. Puertas cerradas, habitaciones ocultas, sonidos y susurros en mitad de la noche… Alaitz Leceaga ha conseguido transportarme a “Las Urracas” y que mi piel se erizara en algunos momentos.

Pero también me ha transportado a las fincas vinateras de hace doscientos años. Ha hecho que sienta el calor sofocante en verano y el intenso frío invernal, mientras paseo entre esas viñas secas y esas húmedas bodegas. Hasta casi he podido degustar el rojo caldo envasado en las botellas de vino…

Caciquismo y mujeres en la sombra

Alaitz nos dibuja con gran perfección el sistema social de la época en un pueblo pequeño español. En este pueblo, el alcalde no ha sido elegido por votación, sino porque sí. Un alcalde, Marcial Izquierdo, que tiene total impunidad para actuar como quiere y según le conviene, a quien nadie se atreve a desautorizar o ir en su contra. La ley no tiene más juez que el poder de este hombre y solo él decide lo que es o no legal.

Por otro lado, la autora vasca nos muestra con gran fidelidad en qué consistía el papel de la mujer en aquella época: obedecer. Son invisibles para los hombres. Su opinión no cuenta. Su labor es quedarse en casa, cuidar de los niños y callarse la boca. Por eso, cuando poco a poco se van dando cuenta que unidas consiguen cambiar las cosas, a muchos no solo no les gusta, sino que pondrán todo de su parte para que nada se altere.

Todo esto, sumado a una gran dosis de folclore y tradiciones, miedos y supersticiones, hace de ‘Las hijas de la tierra’ una novela completa y maravillosa. Y hace también que su autora pase a ser uno de esos nombres que amenazan con formar parte de los favoritos de esta lectora que les escribe.

 

Marta Pérez

Título: Las hijas de la tierra
Autora: Alaitz Leceaga
Editorial: Ediciones B
Páginas: 568
Fecha de publicación: septiembre 2019

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