La última copa nunca estará vacía

La última copa

Año 2004. Edad: 17. Andén del metro camino de una tarde discotequera con los compañeros de clase.

«—¿Quieres? — me ofreció ella de una botella de litro y medio.
—¿Qué es? — le contesté.
—Vodka con cola.»

Era un ritual iniciático que precedía al momento de pisar la pista de baile: beber alcohol antes de entrar para ahorrarse pagar la consumición. Yo, que por aquel entonces no bebía porque odiaba su sabor, le contesté:

«—No me gusta el alcohol.
—¿Y qué? A mí tampoco — me respondió mirándome como quien mira a alguien raro que no sabe divertirse, mientras se llevaba la botella a los labios».
(Ah…¡sorpresa!)
«—
Entonces, ¿por qué lo bebes? — le dije extrañada.
Porque me hace sentir mejor — alardeó».

Esas cinco palabras se me quedaron grabadas muchos años después. Recuerden, 17 años.

El gran amor embriagador

«Siempre es más fácil recordar el principio de una historia de amor que su final». Así empieza esta obra, La última copa, un ensayo donde su autor —y protagonista— nos relata esta relación profunda y bidireccional con la que fue su amor incondicional: la bebida. Daniel Schreiber ha necesitado solo 200 páginas para desmontar los prejuicios que como sociedad aún tenemos sobre el alcoholismo y la abstinencia, la dependencia y la adicción. Y lo hace con honestidad, no solo hacia nosotros los lectores, sino muy especialmente hacia el enfermo: él mismo.

Daniel Schreiber

Daniel Shreiber/©Libros del Asteroide

No importa si estás de acuerdo con sus hipótesis o premisas. Detrás de ese telón llamado alcohol hay tantas vidas distintas como combinaciones etílicas en la barra de un bar.

Es como ir en bicicleta o nadar: nunca se olvida

Hay personas que son capaces de fumarse medio paquete de Marlboro una tarde y paliar el estrés momentáneo y/o beberse media botella de vermut en una reunión de amigos, y no volver a probar esos vicios en meses. Pero hay quien eso no puede hacerlo, porque si cruza esa frontera, se pierde en sí mismo. Eso, desafortunadamente, no depende de la fuerza de voluntad de cada uno sino de cómo se comporta su sistema nervioso central.

Cuando aprendemos a montar en bicicleta o a nadar, lo hace también el cerebro: él «aprende». Y, aun si dejamos de realizar esas actividades por un periodo largo de tiempo, cuando el sujeto se monte de nuevo o se tire al mar, volverá a ejecutar las acciones de manera inconsciente. El cerebro evoca esa información aprendida. Lo mismo ocurre con un alcohólico abstemio. Si, tras haber conseguido dejar la bebida, decide beberse una copa, su sistema nervioso volverá a ponerse en funcionamiento y retomará sus hábitos alcohólicos sin poder evitarlo. Para lo bueno y para lo malo, el cerebro recuerda. 

Una cuestión antropológica
Dionisio

Dionisio/©Le Gallerie degli Uffizi

Ya en la antigua Grecia Clásica, el vino cobró su máxima expresión cuando se le atribuyó un origen divino gracias a su creador, el dios Dioniso. Desde entonces, beber siempre ha sido considerado un hecho cultural; emborracharse, una cuestión antropológica. Eso dicen los expertos neurólogos. Quien no bebe, quien es abstemio por cualquier motivo ha sido sujeto de comentarios a veces nada agradables. Uno debe (ojo al verbo) emborracharse porque es algo aceptado en la sociedad. Es una norma extendida desde los albores de la civilización y decir «estoy borracho» lleva implícito cierto tono de orgullo y satisfacción. Al igual que tener una resaca del copón al día siguiente es considerado algo lógico, en según qué edades. Hasta que ese «estoy borracho» tan petulante se transforma por un «soy un borracho». Es entonces cuando la imagen que se recrea no es la nuestra sino la de los otros, esos que, incapaces de controlar su vida, anidan en los sectores marginales de la población. Estamos delante de una distorsión de la realidad resquebrajada en La última copa, porque erramos en nuestros pensamientos: una gran parte de la gente que consume alcohol tiene un nivel socio educativo alto y una economía boyante. El acto de beber es visto entre ellos como un ritual burgués, una cuestión adinerada. Con esto llegamos a la conclusión de que el alcohol no entiende de clases sociales. Entiende de barreras cerebrales y de condiciones psicológicas previas.

Tomar unas copas es una de las frases grabadas en cualquier sociedad, mucho más en la nuestra, donde el vino tiene profundas raíces culturales —no hablemos mejor de los intereses económicos— que se perciben como positivas. Esta frase es, por sí misma, sinónimo de confraternización, amistad, relaciones, desconexión. Cuando se celebra algo, siempre hay alcohol de por medio (recordemos que brindar con agua da mala suerte…). Si a todo ello se le añade la insuficiente percepción social de los riesgos, este se convierte en un diamante en bruto. Porque, según Antonio Gual, psiquiatra y director de la unidad alcohólica del Hospital Clínic de Barcelona: «la valla que separa a un dependiente de alguien que no lo es no solo es fina, sino que muchos la atraviesan de forma diaria sin ser conscientes de ello». Pero entonces, ¿por qué bebemos?

Psicología del alcohol: ¿por qué bebemos?

Tal como nos cuenta Schreiber en esta obra, él bebía para «funcionar». Como periodista que era, su mente creaba y se volvía más artista cuando estaba ebrio; en las reuniones o exposiciones a las que acudía este, debido a su timidez e introversión, le proporcionaba la excusa perfecta para relajarse, desinhibirse y aumentar la sociabilidad, efectos inmediatos que produce el alcohol. 

Al igual que él, muchas personas usan el alcohol para tal fin; pero también como arma para afrontar los problemas. Cuando le preguntas a la gente porqué bebe, muchos responden una infinidad de argumentos: que les aporta “subidón”, que les estimula, que les hace olvidar la realidad, o como en el caso de mi compañera, que les hace sentir mejor. Pero todas estas sensaciones son un sesgo cognitivo porque el alcohol no es un estimulante, sino un depresor. Es cierto que la sensación de desinhibición, euforia y relajación nos puede ofrecer seguridad pero dicha seguridad es momentánea. El alcohol juega con nuestro cerebro, nos hace ser otras personas, “nos transforma” y nos proporciona esa coraza que nos envalentona y nos vuelve extrovertidos. Es muy cinematográfica la típica escena en la que cuando uno tiene un problema, el amigo le ofrece un vaso de whisky “porque lo necesita”. Pero señores, el alcohol no soluciona los problemas, ni de trabajo, ni de pareja, ni mucho menos de autoestima, porque llegará un momento en que dejaremos de estar ebrios, la máscara se caiga, y recuperaremos el estado normal. ¿Qué nos queda después? 

Una cuestión económica

A día de hoy, nadie discute que el tabaco perjudica seriamente la salud. Nos lo repitieron hasta la saciedad. Y si no consumes televisión no importa, también lo tienes reflejado en las cajetillas. Sin embargo, ¿qué pasa con el alcohol? ¿Por qué no existe esa percepción de riesgo? El alcohol produce cáncer (al igual que el tabaco) y, además, según la OMS, su consumo mata a 3 millones de personas al año, ya sea a causa de las enfermedades que ocasiona o debido a los accidentes de tráfico que provoca. Aún así sigue sin verse como un problema de salud.

Consumo de alcohol

Consumo de alcohol/©Rtve.es

En nuestro país, ese al que cada vez más alemanes e ingleses acuden al llamado turismo de borrachera, el alcohol es la droga más consumida por detrás del tabaco. ¿Y por qué vienen los turistas a emborracharse a España? Porque les sale «tirado» de precio, porque les ofrecemos ciudades adaptadas para ello y locales en cada esquina. La gente de localidades como Lloret de Mar, están encantados con estos turistas: se dejan los sueldos en bebidas, hoteles, prostitutas y les da igual si uno se abre la cabeza haciendo balconing sobre la piscina del hotel. Les da igual a ellos y a nuestro gobierno. El matrimonio entre la industria de las bebidas alcohólicas (#BigAlcohol) y el gobierno ya se intentó disuadir con una ley antialcohol que se llevó por delante a 4 ministros del interior desde 2002. El muro con el que se toparon era inquebrantable (al igual que lo sigue siendo hoy). La cuestión del porqué es, como no, económica. Según Rodrigo Córdoba, profesor en la Facultad de Medicina de la Universidad de Zaragoza, «el poder de estos sectores tiene mucho que ver con su porcentaje de participación en el Producto Interior Bruto (PIB), y en España el sector de las bebidas alcohólicas suma más del 2% del mismo. De hecho, solo el sector de la cerveza aporta el 1,3% del PIB; cuando el del tabaco ronda el 0,3%». Hagan ustedes mismo los números.

La droga paciente

Cuando uno bebe, aparta lejos de sí toda aquella gente que le importa. Empieza a sentir que la soledad es lo único que le rodea. Y que lo único que adquiere sentido en realidad y que le aporta felicidad es beber. Al igual que nuestro protagonista de La última copa, la vida de cualquier persona alcohólica tiene como eje vertebrador esos momentos del día en los que se tomará una copa, una cerveza o un vaso de whisky.

Dependencia

Tolerancia y dependencia al alcohol/©Centro de Adicciones

Esa es su prioridad y, muchas veces, la única motivación para levantarse por las mañanas. Nada ni nadie más. El alcohol se convierte entonces en su mejor —y único— amigo y se vuelve un círculo vicioso. No pueden imaginar una vida sin alcohol pero, a partir de cierto momento, tampoco pueden imaginarse la vida con él.

La dependencia es una enfermedad pérfida y cuando tu cerebro está predispuesto a ella, cuando está latente y se es dependiente, solo queda arremangarse, tirar de ayuda, afrontarla y no volver a mirarle a la cara nunca más. Porque, traicionera, puede volver a enamorarnos hasta que la muerte nos separe.

«El alcohol es una droga muy paciente. Siempre esperará a que el alcohólico vuelva a engancharse una vez más» (Mercedes McCambridge).

 

Alba R. Prieto

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