La poesía rememora las raíces

 

“de las más hondas raíces se me alargan tus manos,

y ascienden por mis venas como cegadas lunas

a desangrar mis sienes hacia el blancor postrero

y tejer en mis ojos su ramazón desnuda”

Versos de Josefina Pla- “Tus manos”

Mi abuelo leía el periódico todos los días, pero lo que más le apasionaba era resolver los crucigramas. Tenía una libreta de esas, verde oliva, con las hojas gruesas y rayas horizontales ya casi desdibujadas. Le había trazado una línea en medio de todas las páginas y a la derecha apuntaba la palabra del crucigrama y a la izquierda su correspondiente definición. Me sorprendía el esmero y la paciencia que le ponía a todo: palabra tras palabra un día tras otro. Todavía cierro los ojos y le veo sentado encima de la colcha naranja azafranado del sofá. El olor a libro viejo que estoy leyendo hoy es tan fuerte que vuelvo a la escena de aquella tarde –yo con siete años– cuando quiso enseñarme la ciencia de los crucigramas. No la entendí. Nunca descifraba las letras escondidas en casillas que juntas formaban palabras. Años más tarde, los crucigramas aparecen en mis poemas. La poesía son crucigramas, es buscar la palabra exacta y que la luz de las farolas no sea una simple luz, sino la luz de tus propios ojos. Un poema es identidad y es excavar en la profundidad de la sensibilidad para transmitir el propio mundo interior. Un poema son muchos crucigramas juntos. Es mi abuelo con su bolígrafo apuntando palabras para no olvidarlas; y soy yo, con un ordenador escribiendo palabras para ser olvidadas. Porque un poema es efímero, no hay nada para siempre. La colcha naranja ya no está y las palabras del cuaderno verde cada día se ven menos porque, con el paso de los años, se van borrando, al igual que un verso, que con los años coge otra forma y nunca se siente lo mismo que al momento de levantar los ladrillos de un poema. Nada es para siempre, ni los crucigramas de mi abuelo, ni mis palabras lo serán. Todo se borra como la lágrima se junta con el mar.

En su tiempo libre mi bisabuela se dedicaba a la costura. Solía tejer calcetines y jerséis de lana con agujas. Nunca llegó a tener una maquina de coser porque cuando ya pudimos permitirnos tener una las manos le dolían tanto que había dejado esta pasión suya. Me explicaba que es muy importante el primer punto porque si se equivocaba desde el comienzo ya no saldría nada y vuelta a empezar. Le dedicaba días para tejer unos calcetines, le regaló a cada una de sus nietas unos, los míos me los llevé hasta España. La paciencia que tenía me asombraba y el brillo en sus ojos cuando terminaba una prenda transmitía ternura y amor. Nunca aprendí la ciencia de las agujas, ni cómo de un hilo podría salir cualquier tipo de ropa, era como si de un puñado de arena de repente saliese el castillo ya hecho.

Años más tarde, crucigramas con agujas de tejer se unen y ahora comprendo las dos ciencias. Porque las dos juntas constituyen la importancia de la poesía en mi vida. Mi bisabuela, inconscientemente, me enseñó que el comienzo de cada poema es lo esencial, si edificas la base de forma correcta –el primer verso– los siguientes vienen solos. De mi abuelo, también de manera instintiva, aprendí a buscar las palabras exactas. Los dos me enseñaron que poner una pizca de paciencia, esfuerzo y amor ayuda para que el edificio –el poema– salga proporcionadamente construido.

La poesía es algo tan simple y al mismo tiempo algo tan grandioso como tener raíces y hogar. Es la bisabuela tejiendo y el abuelo resolviendo crucigramas. Es el tiempo y la vida que se nos van de las manos porque ni las agujas ni los crucigramas han vuelto a recitar.

Preslava Boneva

2 Comentarios
  • Alba R. Prieto
    Publicado a las 09:21h, 19 abril Responder

    Precioso escrito Pres. Es cierto que en esta vida, y en cualquiera, todo es efímero y nada dura para siempre. Pero a veces, las palabras y sus acciones perduran en nuestra mente y se hacen eternas en ella, aunque el tiempo se dedique a ir borrándolas a su paso.

    • Preslava Boneva
      Publicado a las 11:06h, 22 abril Responder

      Querida Alba:
      Muchas gracias por tus palabras. Tienes razón. Lo que queda, a veces, son las palabras escritas y nuestras acciones en la memoria de los demás.

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