La importancia de los pasajes

Barcelona. Libro de los pasajes

En la ciudad todo va muy deprisa. Se construyen, destruyen y restauran edificios constantemente. Los habitantes de la metrópolis van y vienen. La gente pasa por las calles a toda velocidad para trabajar, estudiar o quedar. La rapidez reina en la población. En este enjambre acelerado hay una excepción. Los pasajes. Surgidos en el siglo XIX, sobreviven hoy en día como espacios de tránsito. Son invisibles para la gran parte de los viandantes. Si paseas con calma por tu municipio, probablemente te topes con alguno de estos pasadizos urbanos. Existen detenidos en el tiempo.

A diferencia de los inmuebles que los rodean, estos pasillos peatonales apenas han cambiado desde su creación. Públicos o privados, son calles diminutas que atraviesan manzanas o que desembocan en el interior de ellas. Al cruzarlos, da la sensación de entrar en otra época, en otro lugar. Se respira calma. Silencio. Todo lo opuesto al latido de una gran urbe. En la mayoría de localidades solo hay dos maneras de dar con estos atajos entre dos puntos. Caminar por la ciudad o bucear por Google Maps en busca de estos singulares espacios. Sin embargo, en la Ciudad Condal existe una tercera vía. Gracias al trabajo de documentación de Jorge Carrión, el ensayo Barcelona. Libro de los pasajes redescubre la capital catalana desde el ámbito más minúsculo de la urbanidad. A través de más de trescientos senderos, se cartografía la historia de una de las principales metrópolis del Mediterráneo.

Las personas que viven en grandes núcleos urbanos apenas se conocen. A veces, ni siquiera estando en el mismo rellano. En cambio, una de las señas de identidad de muchos pasajes es el sentimiento de comunidad entre sus habitantes. Estos paréntesis en la vorágine de bloques de pisos están aislados debido a que casi nadie se percata de su existencia. Tampoco circulan vehículos, ni suponen enclaves turísticos. Por ello, los niños juegan frente al portal de casa, los mayores charlan entre ellos o riegan las plantas situadas delante de sus fachadas. Viven sin el trajín de las grandes localidades aun viviendo en ellas. Entre todos conforman el espíritu de este rincón. Lo reivindican cuando algún plan urbanístico lo amenaza, reparan el exterior de sus hogares para que perduren más tiempo y luchan por su pequeño mundo. No todos corren la misma suerte. Algunos denotan dejadez, abandono y falta de cohesión vecinal. Al igual que los humanos, se deterioran si no se cuidan.

A pesar de su invisibilidad, hay que reivindicar la existencia de estos atajos entre dos espacios. Los pasajes narran una parte de la historia de un municipio sin caer en la explotación turística de monumentos. Las viviendas que albergan están construidas con motivos arquitectónicos que, en ocasiones, no se dan en otras partes de la metrópolis debido a la fiebre por derribar lo viejo para levantar lo nuevo. Y el sosiego que se respira en estos centros aislados apenas se intuye en el resto de la urbe. En el mundo acelerado que habitamos, la tranquilidad es una rareza que hay que preservar. Conservar los pasajes es sano para la cartografía municipal y para la salud de todos.

 

Daniel Marchante

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