Klara y el Sol — Kazuo Ishiguro

¿Qué hace una persona una vez que recibe el Premio Nobel de literatura? Bob Dylan decidió vender los derechos de sus canciones a Universal por un módico precio de más de 300 millones de euros. Kazuo Ishiguro (Nagasaki, 1954) ha escrito un libro. Klara y el Sol  es su primera novela después de recibir el galardón que concede la academia sueca. Una nueva reinvención del autor anglojaponés que, en esta ocasión, nos sorprende con una historia futurista y distópica en la que la protagonista es un robot, una AA (Amiga Artificial) llamada Klara, cuya especialidad es el cuidado de niños. 

Escrito en primera persona, el inicio del libro destaca por su enorme sencillez, en un intento por mostrar al lector el largo recorrido de aprendizaje que tiene por delante nuestra humanoide. Desde luego, se trata de una apuesta arriesgada de Ishiguro, ya que la tentación en las primeras cincuenta páginas del libro es la de desistir y bajarse de un barco —tienda, en este caso— repleto de unos robots que no parecen interesarle a nadie. Sin embargo, a medida que evoluciona el personaje, evoluciona también la prosa y la complejidad de la obra, recuperando a los lectores que estaban a punto de arrojarse a los botes salvavidas.

EL PESO DE LA TRAMA

Es en Josie, la niña que elige a Klara para que sea su AA, donde se descarga gran parte del peso de la trama. En ella, en su madre y en su amigo Rick empezamos a reconocer a Ishiguro. En las complejas relaciones sociales de una humanidad que ha modificado genéticamente a sus jóvenes más capaces para que consigan competir con unos robots que los han ido sustituyendo en las principales tareas productivas. En las interacciones personales de unos personajes dañados, rotos por dentro que sobreviven por la inercia del trabajo y la rutina, que no se arreglan cambiándoles un tornillo y una arandela o actualizando su software a uno más sofisticado. Ahí, en los dilemas morales, en los diálogos que nos raspan el alma y nos desvían del camino, reconocemos a Kazuo Ishiguro.

Pero, por encima de todos, destaca Klara, nuestro robot, nuestra amiga artificial, cuya fuente de alimentación es la energía solar. Una fuerza, la del Sol, que no solo le permite subsistir, sino que también parecer guiar su existencia como una especie de deidad a la que rinde pleitesía. Klara es la luz de la inocencia frente a las sombras del cinismo de una sociedad que se desmorona. La inseparable y fiel compañera de Josie.

APUESTA ARRIESGADA

Como decíamos al principio, esta novela es una apuesta de Ishiguro. Es un cambio de paso de un autor más que consolidado que decide, motu proprio, desplegar las velas y poner rumbo a lo desconocido. Y la sensación que arroja el libro es precisamente la de alguien con la brújula rota en busca de un norte que no termina de encontrar. Un brindis al sol que intenta desarrollar una visión de futuro demasiado vaga y difusa.

La sensación premeditada que transmite la novela es la de un producto aséptico, blanco, soleado y poco contaminado. Casi sin riesgo y bajo en calorías. Pero el poso que deja es mucho más profundo de lo que parece a simple vista.
No obstante, el final toystoriano de Klara y el Sol sorprende poco. Lo hemos visto de forma similar en la animación de Pixar, pero también en otras obras como El hombre bicentenario, Inteligencia Artificial o, incluso, Blade Runner. La guinda amarga de un pastel, a pesar de ello, muy sabroso.

Diego Manzanares

Título original: Klara and the Sun
Título: Klara y el Sol
Autor: Kazuo Ishiguro
Traducción: Mauricio Bach
Editorial: Anagrama
Páginas: 384
Fecha de publicación: Marzo de 2021

 

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