Harvey, el sensacionalismo y el vacío

Harvey

«No sé qué lenguaje aplicar en esta ocasión; si el sincero, el hipócrita o el cínico», pienso al sentarme frente a mi ordenador. El caso es que empecé a leer Harvey, de Emma Cline (Sonoma, 1989), sin saber muy bien con qué tipo de mente iba a tener que lidiar. Ponerse en la piel de un acosador no debe ser fácil, supongo. O no debería serlo. Pero todavía es más difícil pensar en los porqués de determinados actos y reflexionar sobre ello.

Pocos escrúpulos se tienen cuando uno se sirve de la vulnerabilidad ajena en beneficio propio y, por supuesto, hay que estar vacío por dentro para que no te importe un bledo el sufrimiento de los otros. Cómo no sentir indignación frente a ese suceso que ocupa la portada de todos los periódicos, que anuncian en la televisión mediante reiteración de planos y efectos sonoros. Pero lo especialmente irritante no es eso, sino que repitan —como si de un mantra se tratara— lo que dicen todos los medios. Por cierto, alguna mente perversa ya estará malinterpretando mi texto.

Harvey Weinstein, exproductor de Hollywood, fue declarado culpable de violación y delito sexual en 2020. ¿Delito sexual y violación no son como una especie de sinónimos? ¿O es que yo soy demasiado ignorante? En fin. Este tipejo dijo que miles de hombres estaban perdiendo sus garantías legales en Estados Unidos. ¿Cómo osa decir eso? ¡Las están perdiendo en casi todo el mundo! Deberían salir a manifestarse para recuperar sus derechos. Que la violencia sea definida de esta manera, es vergonzoso. Y es que el juez condenó a Harvey a 23 años de prisión. ¡Qué espanto!

En abril de 2021, Weinstein ha sido acusado de 11 nuevos delitos sexuales, acontecidos supuestamente entre 2004 y 2005. Aunque sea desde el ámbito de la ficción, no deja de ser hilarante que Emma Cline imagine a Harvey, a 24 horas de la sentencia de su juicio, viendo la televisión. Este individuo come Junior Mints en el sofá de su amigo, tiene la mente hueca y una sensación torpe de grandeza. Aun siendo gracioso, quizá no sea lo más adecuado.

La escritora escoge un punto de vista determinado, una forma de contarlo que —según la opinión de muchos— ha funcionado. A mí no me convence porque resulta fácil imaginarlo de este modo, pero, ¿quién se atreve a plantear los conflictos desde un punto de vista realmente objetivo? En el ámbito de la política criminal, ¿sirve de algo encerrar de por vida a gentuza de este tipo? ¿Su mentalidad y la de sus seguidores va a cambiar algo recibiendo este castigo? No me refiero a la reinserción social, sino a la educación; y, por supuesto, no estoy dictando sentencias, sino compartiendo algunas de las preguntas que me hago.

Con todo, el caso que nos ocupa puede servir de ejemplo —y como movimiento—, pero creo que es un recurso vacío porque muchos siguen confundiendo la naturaleza de estos actos violentos. Es más, en ciertos discursos y diálogos políticos observo un preocupante retroceso. E igual de alarmante me parece el trato periodístico desde el sensacionalismo o el odio. Me quedo con aquello que dijo Victor Hugo: “Quien abre una puerta de escuela, cierra la de una prisión”. Por desgracia, escuelas hay muchas y de todo tipo.


Roser Ribas

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