Habitación para dos – Alba R. Prieto

microrrelato

Ni siquiera sabía por qué escribía. Simplemente dejó que sus dedos fluyeran por encima del teclado a velocidad de crucero.
La noche se asomaba por el resquicio de la ventana del salón. No tenía relojes en casa y la hora del portátil hacía meses que se había desconfigurado. No importaban los minutos, ni las horas. Tras la noche le sucedía el día, y así fue durante semanas. No sabía cuántas. Qué más daba. Ella ya no estaba ni volvería. Todo se había volatilizado: el dolor, las náuseas, los mareos… Hasta los olores habían desaparecido en cuanto ella se fue y la dejó sola con su apatía.

Se giró. Desde donde estaba sentada podía ver la puerta de la habitación. Seguía cerrada. No se había atrevido a entrar. La última vez, el amarillo de sus paredes la hizo desvanecerse. No aguantaba su luz ni ver la pureza del blanco de las sábanas y pensar que nadie nunca se dormiría en ellas. Sus amigos habían querido ayudarla a deshacerse de todo el mobiliario. 
Podemos donarlo si te parece bien. ¿Por qué no te mudas conmigo? Necesitas ir a un psicólogo – le habían dicho.

No le dejaron volver al trabajo, tampoco le importó. Su única compañía diaria eran la cama y los libros. Comía si tenía hambre, bebía si tenía sed. Era una autómata sin más ambición que pensar qué iba a hacer ahora sin ella. 

Era una niña.
La enfermera le había dicho si quería quedarse con el cordón umbilical. ¿Por qué no? – pensó. ¿Por qué el resto sí puede tener ese pequeño recuerdo y yo no?
Puedes despedirte si quieres. Duelo gestacional, se llamaba. 
¿Despedirme? ¿Cómo se despide una de alguien a quien solo ha visto a través de un ecógrafo?

Fue hasta su cuarto. Olía a cerrado, como la casa entera. Abrió la caja de madera que le había regalado un amigo y sacó una pequeña llave. La guardaba ahí para poder olvidarse de quién había sido, para poder hacer desaparecer aquella joven que fue antaño. Pero ahora ya nada tenía sentido. Había perdido lo que más deseaba en esta vida. Le habían arrebatado de las entrañas algo que en su día estaba vivo. Había creado vida y esa vida, de repente, se le había esfumado. Polvo somos y en polvo nos convertiremos – proclamaba la Biblia. Pues volvamos al polvo – se dijo a sí misma.

Tuvo que sortear bolsas y botellas del suelo cuando entró en la cocina. Se acumulaba la poca basura que había generado. La llave abrió un cajón de debajo de la encimera. Había decidido que hoy sería el día. Desenvolvió una pequeña bolsa con polvo blanco, un filtro y una jeringuilla, y colocó un poco en una cucharilla. La calentó con un mechero hasta que la mezcla de polvo y agua se convirtió en un líquido marrón. Ya lo tenía todo preparado.

En el espejo del baño se bajó los pantalones del pijama y se subió la camiseta. La cicatriz ascendía desde el pubis hasta el abdomen. Esa hubiese sido la puerta de entrada a la vida, no la de salida hacia la muerte. Se la golpeó en un ataque de ira y tiró todo lo que había en los estantes dejándose caer al suelo. No lloró. Ya no le quedaban lágrimas que derramar. Un vacío existencial lo invadía todo. 

Se levantó. Fue hasta el cuarto de color amarillo y dejó la jeringuilla encima del tocador. Descorrió las cortinas y abrió las ventanas. Ahí había luz, poca porque la noche ya asomaba, pero aún quedaba algún rayo de sol. Tenía que ser así. Su nombre significaba luz y no quería que la oscuridad que había en el resto de la casa también penetrara ahí. 
Observó por última vez aquella habitación. El nombre en letras de madera colgado de una pared que su madre le había regalado cuando se enteró que iba a ser abuela. La cuna, su cuna de la infancia, que durante 33 años había permanecido tapada en un cuarto de casa de su abuela. 

Había pensado en escribir una carta de despedida a su madre, pero ya no sabía qué más decir. La muerte conseguía infiltrarse hasta en las conversaciones. Así que solo escribió: Gracias por tanto amor. No puedo seguir con este dolor. Me voy con ella. Te quiero, mamá.

Cogió un pequeño peluche en forma de pingüino que alguien le había regalado y que estaba en un estante y el cordón umbilical que una vez las unió. Se sentó en el puf donde tenía pensado darle el pecho, y se palpó la vena del antebrazo. Introdujo la jeringuilla poco a poco. Sabía que una sola vez sería suficiente. La oscuridad empezaría a invadirla a ella también. Y sonrió.

Ahora nos vemos, pequeña. Tu mamá está en camino. 

 

Alba R. Prieto

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