Encuentros con el mar

Pablo Neruda “[necesitaba] del mar porque [le] enseña”. Para Jorge Luis Borges “antes que el tiempo se acuñara en días, el mar, el siempre mar, ya estaba y era”. Mario Benedetti estaba seguro de que el mar “suele invadirnos como un dogma y nos obliga a ser orilla”. Juan Ramón Jiménez hablaba con el mar y le decía que “parece, mar, que luchas por encontrarte o porque yo te encuentre”. Aquí he citado solo algunos de los versos que hablan sobre esa divinidad azul, que ha fascinado a muchos poetas por el mundo, pero la lista sin duda podría ser interminable.

La primera vez que toqué el mar fue cuando tenía cuatro o cinco años.  En Bulgaria no vivíamos cerca de la playa, pero pasábamos los veranos en una ciudad llamada Sozopol, en la parte sur de la costa búlgara del mar Negro. Solo tuvimos contacto unos cuantos estíos, como esos amores fugaces de verano. Después ya no nos volvimos a ver. A menudo pensaba en el mar, es como si lo echara de menos, una conexión inexplicable, no entendía el porqué. Ahora lo comprendo y sé que significaba una especie de terapia, un lugar en el que estar menos sola, pero a los cinco años lo único que me importaba era jugar y construir castillos de arena con los demás niños. Nunca volví a pisar Sozopol, el paraíso de mi infancia.

Llámenlo destino o casualidad o simplemente la suerte del principiante, pero años más tarde, me mudé a Barcelona. El mar me encontró a mí, no yo a él. “La ciudad del mar”, así la llamaban mis amigos búlgaros. Empecé a dar paseos por la orilla y volví a conectar con aquella niña pequeña que en su día se enamoró de las aguas profundas. Sentí que la sensibilidad que poseía era cada vez más intensa y eso me frustraba: tenía que expresarlo de alguna manera. Me preguntaba qué le enseña el mar a Neruda y en aquellos largos paseos me di cuenta y empecé a escribir, con catorce años, delante del mar. A mí también me enseña. En Sozopol me enseñó a compartir, a no sentirme sola, a ser feliz y a respirar paz. En Barcelona me ilustró el arte de desvestir mi alma con palabras y lo más importante, creer en lo que escribo. Los versos –olas que rompen contra las rocas– me rompen a mí porque la poesía es estar desnudo sin estarlo. Es ser lo suficientemente valiente para sumergirte dentro de lo más hondo del mar y contemplar la belleza de sus profundidades. Es aprender a quererse, en profundidad: con todos los miedos e inseguridades que eso requiere. La poesía, mientras tanto, es ver el mar llorando y dibujar sus lágrimas en forma de verso en una hoja de papel. Es entender sus tormentas y quererlo igual.  Algunos dirán que es una simple inspiración. Diría que es más que eso: el camino que un poeta recorre para llegar a las palabras, para bucear dentro de su propia sensibilidad.

Preslava Boneva

 

 

 

 

No hay comentarios

Deja tu comentario