El odio que nos rodea

contra el odio

¿Por qué el ser humano odia? Siempre me he hecho esta pregunta, pero nunca le había encontrado respuesta. Los seres humanos son los únicos que experimentan cierto sentimiento hacia otros de su misma especie: hacia personas o colectivos que no han hecho absolutamente nada para recibirlo. Simplemente nos hemos dejado contagiar, como si de un virus se tratara, por otras personas que lo han estado gestando. El odio es como una enfermedad que trastorna a todo aquel que se vea expuesto a él, lo perturba y le hace perder la confianza en los demás, sin ningún motivo aparente.

Y esto no viene de ahora, es una pandemia que ha dominado a la humanidad desde el principio de los tiempos, desde cuando vivíamos en las cavernas y odiábamos al vecino porque había recolectado más comida que nosotros. ¿Cómo se puede sentir odio hacia los refugiados de Siria?

ODIO RACIONAL VS ODIO IRRACIONAL

Antes de empezar, me gustaría distinguir y separar estos dos tipos de odio. El primero, el racional, es el odio que gestamos cuando alguien nos ha hecho —verdaderamente— daño. Nos ha creado un sentimiento de malestar. Si vamos por la calle y nos roban, es normal que odiemos al tipo que nos ha sustraído la cartera. Si el vecino de arriba se pone a taladrar a las 3 de la mañana, está permitido odiarle (o más bien enfadarse) por ello.

En cambio, el odio irracional es aquel que se apodera del ser humano sin motivo. El racismo, la homofobia y la xenofobia son tres claros ejemplos de ello. Las personas que odian irracionalmente crean en su subconsciente una serie de motivos, influenciados por otros colectivos o personas, que les hacen creer que ese odio es racional. Para ellos, la línea que separa lo racional de lo irracional se difumina y no logran distinguirla. Así, el odio irracional pasa a ser racional en un abrir y cerrar de ojos.

EL ODIO QUE NOS INCULCAN

Para crear cierto odio, existen una serie de herramientas que diferentes colectivos saben utilizar muy bien. Se crea un sentimiento de preocupación que hace que el odio parezca tener sentido. Para ilustrarlo, vamos a poner como ejemplo la xenofobia. ¿Por qué rechazamos a los extranjeros, si ni siquiera los conocemos?

Muchos medios de comunicación nos bombardean con noticias de refugiados que cruzan diferentes fronteras. Nos hacen creer (nos inculcan la idea) que muchos de ellos son terroristas del ISIS (o de cualquier otro grupo) que aprovechan el camino migratorio para instalarse en Europa. Esto genera un sentimiento de preocupación en las personas que siguen las noticias. “Nos están llenando nuestro país de terroristas” o “que se vuelvan a su país” son frases fruto de este recelo. Ya nos han creado “la preocupación”. Ahora, sólo falta hacernos creer que todos (o casi todos) los ataques terroristas que han sufrido diferentes países europeos son perpetrados por los inmigrantes. Ya tenemos el odio a los inmigrantes, la xenofobia, instaurada en nuestra sociedad. Nos han hecho creer que los inmigrantes son los responsables de estos ataques terroristas, cuando muchos de ellos son cometidos por personas nacidas en Europa.

La autora Carolin Emcke, en su libro Contra el odio, nos habla del odio colectivo e ideológico. En uno de sus capítulos nos narra el fatal episodio que tuvo lugar en la ciudad Alemana de Clausnitz, en febrero de 2016, donde un grupo de solicitantes de asilo (refugiados) fue increpado por unos manifestantes. El vídeo fue difundido por diferentes redes sociales y se puede visualizar fácilmente con una búsqueda en Google. La autora utiliza la escena para analizar el papel de los diferentes implicados: los manifestantes gritan, odian y difaman mientras que los refugiados lloran y se sienten amenazados sin motivo. ¿Por qué tanto odio? Según palabras de la autora, “el odio no surge de la nada”.

En el mismo ensayo, Carolin aborda también el odio que se encuentra relacionado con el racismo. Este episodio recuerda —y mucho— al fallecimiento de George Floyd, ocurrido recientemente, demostrando que los episodios de odio se repiten una y otra vez.

Eric Garner murió en Nueva York en 2014 por asfixia, producida por la mala praxis de un policía. El vídeo también circula por internet. En él, vemos cómo Eric —un hombre negro con sobrepeso— discute con dos policías blancos, mientras él repite una y otra vez que no ha hecho nada. Vemos a un Garner frustrado, harto de que siempre le increpen. Parece que no es la primera vez que la policía va detrás de él. En ningún momento se muestra amenazante, simplemente está reivindicando su inocencia. Cuando la policía se acerca a él para detenerle, él grita “no me toquéis”. En ese momento, se abalanzan sobre él y uno de ellos le rodea el cuello con el brazo. Eric grita una y otra vez “no puedo respirar”, mientras que la policía le ignora. Finalmente, muere por asfixia.

Muchos dirán “alguna cosa habrá hecho…” ¿Sabéis por qué increpaban los policías a Eric Garner una y otra vez? Porque sospechaban que vendía cigarrillos ilegales. 

Parece que los policías tenían un odio irracional hacia este colectivo, quizá se imaginaban que por el mero hecho de ser de ese color ya eran propensos a realizar actividades ilegales. Aquí tenemos otro ejemplo de odio: el racismo.

“El esquema racista según el cual todo cuerpo negro tiene algo de amenazador se traduce en la actitud de los policías blancos, que se consideran en la obligación de proteger a la sociedad de ese peligro imaginario” Contra el odio.

¿CÓMO FRENAR LA ESCALADA DE ODIO?

Como especie tenemos en nuestra mano el poder de frenar el odio y los diferentes fanatismos que se dan en torno a él. El odio llama al odio. Si odiamos a un colectivo, ellos nos odiarán a nosotros, pero ellos lo harán con razón: nos odiarán porque nosotros los detestamos. Una vez que nos subimos a esta rueda, es muy difícil parar.

Tenemos una llave para parar todo esto: se llama tolerancia. Si todos y todas la utilizásemos, viviríamos en un mundo mucho mejor. Hay que dejar hacer y si tenemos dudas preguntarnos: ¿Qué nos ha hecho? Si la respuesta es «nada», estamos odiando sin ningún motivo. Pruébenlo, se ha demostrado que las personas que no sufren esta enfermedad viven mucho mejor y son más felices.

Qué mas da de qué color sean, de dónde vengan, a quién quieran o qué ideas tengan. Déjenlos hacer su vida, ellos no se han metido en la suya.

“El odio solo se combate rechazando su invitación al contagio. Es necesario activar lo que escapa a quienes odian: la observación atenta, la diferenciación constante y el cuestionamiento de uno mismo”. Carolin Emcke

 

Jose Núñez

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