El buen hijo – You-Jeong Jeong

El buen hijo – You-Jeong Jeong

el buen hijo

Con esa cara de ángel eterno que suelen tener las personas orientales, la escritora You-Jeong Jeong (Corea del sur, 1966) nos deja de una pieza con su cuarta novela ‘El buen hijo’ (Reservoir Books). Si todavía no eres consciente de la embestida de la novela negra asiática, agárrate. Vienen curvas.

DIRECTAMENTE DESDE COREA DEL SUR

Si el lector aun no lo ha percibido, lo reitero, esta crítica literaria no sólo ameniza, sino que amenaza: tras ella vendrán muchas más con el mismo punto en común, la ubicación. La novela negra asiática ha arrollado nuestro país y está adelantando a nuestros vecinos del norte, los indomables escritores nórdicos. (Que no cunda el pánico, viejas glorias nunca mueren).

Aunque todavía es poco conocida y reconocida, necesita un mínimo de tiempo y confianza para que el lector procese lo que está leyendo y asimile que, aunque las diferencias culturales, políticas, religiosas o familiares son abismales, todo lo que la rodea es sumamente atractivo.

Ejemplo de ello son las innumerables obras de escritores que nos han encandilado con sus libros. Y para muestra, un botón: ‘La trilogía de Pekin’ (Siruela) escrita por Diane Wei Liang (China, 1966) me abrió las puertas de los maleantes chinos. Fue fantástico descubrir que en la otra parte del mundo se mata igual que por aquí pero con fines totalmente distintos. Seishi Yokomizo (Japón, 1902 – 1991) fue galardonado con el noble título de ser el rey de la novela negra japonesa. El alma mater del género dio a luz a personajes tan carismáticos como Poirot o Holmes.

Muchos más escritores han pasado por la alfombra roja, pero, y que sirva a modo de denuncia, faltan editoriales que apuesten por ellos y traductores que sucumban al placer de su obra. Sin embargo, hoy, y directamente desde Corea del Sur, ‘El buen hijo’ echa la puerta abajo confirmando todo lo anteriormente dicho y demostrando que lo difícil también es entrar y no solamente salir.

LA DUDA ES EL PRINCIPAL TESTIGO

Yu Jin se despierta la mañana del ocho de diciembre empapado en sangre. Él todavía no lo sabe pero, en la planta de abajo del dúplex donde vive, su madre yace tendida en el suelo con un corte que le ha rebanado el cuello de parte a parte. El tajo es tan perfecto que, si no se delatara por las manchas de sangre de su camisón, parecería una segunda sonrisa. Macabra, claro.

Todo el piso es un aluvión desbocado de sangre: las paredes, los cristales, las escaleras tienen el mismo color y desprenden el mismo olor. La textura viscosa es tan repulsiva que hace que la lectura se atragante por momentos, obligando al lector a implorar un cambio de escenario o, por lo menos, de plano, para poder dormir esa noche sin recordar lo leído entre horribles pesadillas.

Mientras el protagonista de la historia intenta volver en sí y comprender lo sucedido, sus recuerdos nos narran los episodios anteriores a esa noche, cuando se propuso salir a correr, no se tomó la medicación para sentirse más “libre” y percibió que, lo que más le excitaba en esta vida, era la violencia empleada sobre otro cuerpo humano. Ahí es nada.

PARA ENTENDER A LOS ORIENTALES HAY QUE VIAJAR A ORIENTE

Empleando frases cortas, la escritora es directa en el argumento y te arrastra con una mano invisible al fondo de la mente del ser que ha bautizado como Yu Jin y que, efectivamente, es lo que el lector piensa que es desde el primer momento. 

Pese a que la narración va saltando en el tiempo y nos cuenta la infancia y la adolescencia del protagonista, la claustrofobia de sentirnos encerrados en el último piso de una finca interminable oprime al lector igual que el uso de medias en verano. Llega un momento en que solo pensamos en salir de esa casa como sea.

Para colmo, la autora introduce en la historia la excéntrica moda de las religiones, instalada en la casa de los protagonistas, y nos narra con todo lujo de detalles la primera comunión de Yu Jin, las noches plagadas de avemarías y padrenuestros, las estampitas adosadas a los espejos y el altar con la  Virgen de los Milagros (que como no podía ser de otra manera, acaba salpicada de sangre de arriba a abajo. Pobre). Para entender a los orientales hay que viajar a oriente, cualquier explicación añadida se presenta inútil.

EL BUEN HIJO

La entrada en escena del hermanastro de Yu Jin, He Jin, abrirá una burbuja de aire en este siniestro suceso, y cargará toda la tensión de la historia sobre sus hombros, enfrentándose a la realidad que se esconde detrás de las paredes craneales del protagonista.

Yu Jin lleva medicándose desde los nueve años, edad en la que perdió a su padre y a su hermano. Los ataques epilépticos le impidieron convertirse en el nadador de élite que se esperaba de él: la medicación frustró sus planes e ilusiones. Y sólo hay dos personas causantes de tanto dolor.

La desaparición de su tía y su madre abre la brecha de los recuerdos y los agrupa hasta que nace la historia que You-Jeng Jeong ha puesto ante nosotros. Como un buen clásico de novela negra, el desenlace se ajustará a todas las expectativas creadas por el lector y, aunque la recreación final es digna de la mayor mención, es obvio que no os la voy a contar en esta reseña. Estas palabras amenazan, pero no asesinan.

Tendréis que sufrir lo insufrible y analizar si mi percepción se corresponde con la que os nacerá a vosotros después de leer la obra. Eso sí, como pequeño consejo, hacedlo con el estómago lleno porque después no os entrará ni un solo bocado.

 

Lara Adell

Título original: 착한 아들
Título: El buen hijo
Autor: You-Jeong Jeong
Traducción: Luis Alfredo de los Frailes
Editorial: Reservoir Books
Páginas: 307
Fecha de publicación: junio 2019

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