Deporte de élite: del Olimpo al infierno

Open

Todas esas estrellas del deporte mundial que admiramos hasta la extenuación, a las que adoramos con fervor incontenido. Todos esos atletas que brillan con luz propia allá en lo más alto del Olimpo de la fama. Todos ellos, sin excepción, también fueron niños alguna vez.

Hay deportistas de élite que nacen con un don particular para transcender en su especialidad —chavales sin recursos que empezaron pateando una pelota de trapo, correteando con los pies descalzos en un suburbio de extrarradio—, seguro que os viene algún nombre a la cabeza. Otros alcanzan el éxito con dedicación, mucho esfuerzo personal y el aprendizaje que van adquiriendo a lo largo de la vida. Y algunos acaban encumbrándose en el podio de su existencia pagando un precio demasiado alto. Agassi fue uno de ellos.

El padre le jodió la infancia y la juventud al pequeño Andre con un sólo propósito: hacer de su vástago el número 1 del mundo. El tipo no era tan diferente de esos padres que vemos en los recintos deportivos una mañana de domingo (papá soplando cervezas en el bar y compitiendo en exabruptos con el resto de congéneres, mamá escupiendo pipas en la grada con la mirada hundida en el teléfono móvil). Por poner un ejemplo: ¿Os habéis fijado alguna vez en el progenitor de cierto piloto de motociclismo desgañitándose en boxes para que su retoño cruce la línea de meta en primera posición? Sinceramente, asquea.

Papá Agassi le puso una raqueta de juguete en la cuna al bebé Andre, y a los siete años le construyó un dragón mecanizado en el jardín trasero de su casa que arrojaba 2.500 pelotas al día contra su hijo. Ni estudios, ni amigos, ni novias, nada importaba, salvo el tenis. Cueste lo que cueste, serás tan grande como Björn Borg… o te abrasarás en el intento.

Borg

En Open, Andre Agassi escribe sus memorias a corazón abierto, un striptease vital tan genuino como sobrecogedor. Un tour de force de alta precisión relatado con una profunda honestidad. Una lectura durísima —a cinco sets— que no os dejará indiferentes ante el tema que hoy tratamos en esta crítica dominical. Imposible hacer otra introducción que no derive en el ace directo que supone recomendarla a todos esos padres que tratan a sus hijos como máquinas programadas para ganar. Independientemente de si os gusta el tenis o no, esta lectura os hará reflexionar sobre el peaje que pagaréis por destrozar la futura personalidad de vuestros retoños: los monstruos no nacen, se hacen.

«Soy un hombre joven, relativamente joven. Tengo treinta y seis años. Pero despierto como si tuviera noventa y seis. Después de tres decenios corriendo a toda velocidad y deteniéndome en seco, saltando muy alto y aterrizando con fuerza, mi cuerpo ya no me parece mi cuerpo, sobre todo por las mañanas. Como consecuencia de ello, mi mente no me parece mi mente. Desde que abro los ojos, soy un desconocido para mí mismo, y aunque, como digo, no sea nada nuevo, por las mañanas la sensación resulta más pronunciada. Repaso brevemente los hechos básicos: me llamo Andre Agassi. Mi mujer se llama Stefanie Graf. Tenemos dos hijos, un niño y una niña, de cinco y tres años. Vivimos en Las Vegas, Nevada, pero actualmente estoy instalado en una suite del hotel Four Seassons de Nueva York, porque participo en el Open de Estados Unidos. Mi último Open en América. De hecho, se trata del último torneo en el que voy a participar en toda mi carrera. Juego al tenis para ganarme la vida, aunque odio el tenis, lo detesto con una oscura y secreta pasión, y siempre lo he detestado.»

¡Dejad a los niños crecer y desarrollarse en libertad! ¡Dejad de fusilarlos con vuestra impotencia reprimida! Permitid que disfruten del deporte a su manera. Que se abracen cuando ganen, que aprendan a lamerse las heridas cuando pierdan, que crezcan a su manera. Unos alcanzarán el Olimpo de los dioses deportivos, otros se perderán en el infierno del anonimato, pero todo ese proceso debería ser natural y espontáneo… como la vida misma.

Pensad en aquella maravillosa escena de “Match Point” – Woody Allen (2005): la pelota rebotando en la cinta de la red sin saber de qué lado caerá. La diosa fortuna siempre es caprichosa, confiad en ella y aceptad sus designios. Ganar o perder depende de ello, es cierto, pero la felicidad de vuestros hijos tiene mucho que ver con la educación que seáis capaces de transmitirles. Si lo hacéis bien, es muy posible que el punto de partido acabe cayendo de vuestro lado.

 

José L. Solé

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