De prisiones, putas y pistolas – Manuel Avilés

De prisiones, putas y pistolas

El octavo número de la colección Sin Ficción, dirigida por Marta Robles, viene pegando fuerte. ¡Qué digo!, viene incluso repartiendo hostias, como dirían los vascos. De prisiones, putas y pistolas, del exdirector de prisiones Manuel Avilés (Granada, 1955) es, cuanto menos, el relato del principio del fin de la ya disuelta y desmantelada organización terrorista vasca ETA. Y digo cuanto menos porque todo lo que «se cuece» en esta obra bien podría dar para otros tantos libros más. 

Vía Nanclares (de la Oca)

En septiembre de 1990, Manuel Avilés —jefe de servicios de la prisión de Fontcalent (Alicante)— es instado desde la Dirección General de Instancias Penitenciarias a personarse en Madrid. La propuesta de su director, Antonio Asunción (porque en estos casos hay nombres que han de ser citados), es clara: dirigir un centro penitenciario importante; dirigirlo y dinamizarlo. Un centro donde existe un serio problema, el de Euskadi Ta Askatasuna. ¿Su ubicación? Nanclares de la Oca, una pequeña localidad anclada en la provincia de Álava, donde su prisión acoge presos de la banda. 

Pese a su primera negativa, nuestro joven funcionario de apenas 35 años, acepta la oferta y pone rumbo a una zona en la que el miedo se respiraba en cualquier rincón, porque en aquella época ETA disparaba primero y preguntaba después.

Una grieta en el muro

En el módulo 4 de Nanclares de la Oca hay más de medio centenar de presos etarras, en teoría blandos (si es que se les puede llamar así), conocidos como el Colectivo de Presos Políticos Vascos. Su disciplina consiste en mantenerse alejados de colaboraciones con las autoridades judiciales, no coger destinos dentro de las cárceles ni salirse de las directrices impuestas por la organización, transmitidas a estos por medio del frente de Makos: mediadores y abogados afines a la causa. Un muro o un bloque en el que es (o parece) imposible generar una brecha. Un grupo con un funcionamiento tan ortodoxo y dictatorial como el de una secta.

Pero un día, en esa “fortaleza inquebrantable” empieza a cuartearse una pequeña rendija de luz cuando, entre octubre y noviembre de ese 1991, ETA asesina, mediante bombas lapa, a Fabio Moreno, de apenas 2 años y mutila a Irene Villa, de 12. Es entonces cuando comienzan a surgir las primeras desavenencias entre los miembros de la banda armada dentro del módulo. El malestar es palpable entre los presos. Nada justifica la muerte o la mutilación de menores, ni siquiera por la defensa de su patria. Aprovechando la tesitura, nuestro osado director se las ingenia para hacer de esa insignificante fisura, un enorme boquete que fracture el grupo desde dentro. 

«Si los presos etarras, tres o treinta o trescientos, no están de acuerdo con que se mate salvajemente a una criatura de año y medio, si es verdad que no están con esos matarifes, eso lo tiene que saber el mundo entero».

Manuel Avilés

Puede resultar chocante —e incluso provocador al lector de esta reseña— leer que una novela de no ficción (entendemos que esté categorizada dentro del género negro) me haga sonreír. Disculpen si me expreso mal. No es el argumento ni la historia lo que ha estimulado mi músculo cigomático, sino el estilo con la que lo cuenta Avilés. Con su ironía, su desparpajo y su humor inglés —o a lo mejor es granadino y no me he enterado— este «psicópata inconsciente», «señorjefeservicios» o «tonto útil» (dejo los adjetivos más burdos para el lector) nos explica, a modo de conversación con su psico-oncólogo, una crónica novelada de una parte MUY importante de nuestra historia reciente. Llena de frases hechas, dichos y expresiones, y haciendo gala de su picardía, sus agallas y su falta de tapujos se mete tanto con los presos como con los de su misma posición (especialmente con estos últimos). Pero también se ríe de sí mismo cuando toca y se hincha como un pavo real también cuando toca, porque la vida es muy dura como para dejarse pisotear.

«No sé cómo estoy vivo aún, pero, la verdad sea dicha, podría haber muerto seis u ocho veces entre unas cosas y otras. Tampoco se habría perdido nada».

Pese a que estuvo con una diana clavada permanentemente en la frente, Manuel Avilés jugó, de manera magistral, una partida de póquer con una carta bajo la manga —y un revólver ilegal bajo la otra—. Sin pomposidad, sin aspavientos, sin salidas en los medios pero con su equipo de funcionarios de prisiones que se mantuvo firme y a su lado en todo momento, supo abrir la caja de los truenos e iniciar ese desmembramiento desde dentro de la prisión que tanto daño hizo a la cúpula de Euskadi Ta Askatasuna. Por todo ello, De prisiones, putas y pistolas debería ser de obligada lectura, especialmente para aquellos que éramos demasiado pequeños para entender el alcance militar de una banda que nació política: la banda terrorista ETA.  

«En toda la historia de ETA, nunca sus propios presos, sus militantes que ya han matado, han criticado sus acciones».

 

Alba R. Prieto

Título: De prisiones, putas y pistolas
Autor: Manuel Avilés
Editorial: Alrevés
Páginas: 281
Fecha de publicación: febrero 2021

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