COLISIÓN – Microrrelato

COLISIÓN – Microrrelato

microrrelato

Ocurrió justo al pasar por el bar de la plaza, como hacía cada mañana. En ese mismo cruce el Skoda se me echó encima por la derecha, toqué el freno pero tuve que girar bruscamente el volante a la izquierda para no chocar con él. Di un llantazo contra el bordillo alto del parque, y luego enderecé el coche como pude para no perder el control. Sangre y adrenalina haciendo su trabajo. Miré hacia adelante con rabia. “Será hijo de puta…”. En ese momento vi salir una mano por su ventana: un sello de oro y un dedo índice lanzaron una colilla que aterrizó contra mi parabrisas.

Y entonces sucedió.

Mi cara se relajó, no acudió la rabia como otras veces, ni grité, ni me pasó por la cabeza ninguna de esas mierdas que alimentan mi ira normalmente. El nerviosismo habitual desapareció y me invadió una sensación fría y calmada, desconocida para mí. Solamente apreté el acelerador con la vista fija en el Skoda verde. No pensaba, no me sentía alterado, fue una reacción fría y sin premeditar. Los guardabarros crujieron con el primer choque, pero nada vaciló en mi cuerpo. Seguí embistiendo y empujándolo con mi coche hasta que el Skoda perdió el control y se desvió a la derecha, subiéndose a la acera y arrollando una señal de ceda. Tiré del freno de mano y salté como un animal hacia él. Para cuando lo alcancé ya estaba saliendo del coche. “¡Pero qué haces, payaso!”

El primer golpe le partió la nariz, se echó para atrás desorientado. El segundo fue un gancho hacia arriba, con la derecha –esto me lo había enseñado hacía unos años un chico de la residencia–. Empezó a sangrar por la boca y a mascullar algo ininteligible. Me dolía la mano derecha a rabiar, pero lo agarré de la camiseta y lo tiré al suelo. Yo estaba loco, desatado. Demasiados años de rabia contenida explotaron en ese momento, como cuando un resorte se libera después de haberlo tensado hasta el límite. Mala suerte chico, momento equivocado en el sitio equivocado.

El tipo daba manotazos al aire y se revolvía en el asfalto, pero yo ya le sacudía la cabeza contra el suelo como a un muñeco. Una, dos, tres veces. En cuanto dejó de resistirse le cogí la cara, y puse mis ojos contra los suyos.

-¡Escúchame, hijo de puta, te acabas de saltar un ceda! ¿¡Me oyes!? ¡Si llego a llevar a un niño dentro del coche podría haberse hecho daño hijo de perra!- Le di dos hostias sin pensarlo, la segunda con la mano del revés.

– Cabrón…- dijo masticando la sangre que le llenaba la boca.

– ¡No vuelvas a cometer ninguna puta infracción, pedazo de mierda! ¿Me oyes? ¡Me oyes!

Lo solté y me incorporé lentamente, sin despegarle la mirada. Levanté la vista y entonces fui consciente de que estaba sudando y resollando, y con el pulso acelerado. Ahora podía oír sirenas, gritos…

 

David Esquius

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