Ciencia y paparruchas: el poder de la divulgación científica

Algunas de las más sorprendentes enferemedades De grandes científicos, plantas y bichos De bichos plantas y vacunas

A lo largo de 2020 tuve el placer de leer unos cuantos libros sobre divulgación científica, tema que siempre me ha interesado (en los lejanos tiempos de BUP iba por la rama de ciencias, desoyendo los consejos de mi profesor de lengua y literatura). Tres de estos libros fueron del mismo autor, Jorge Poveda Arias, un joven biólogo nacido en 1991 pero que ya cuenta con sus doctorados, másteres y posgrados correspondientes. (Aclaración: hablo de másteres de verdad, no de los que se sacan ciertos políticos y políticas). 

«Algunas de las más sorprendentes enfermedades causadas por pequeños organismos: Historias para no dormir», «De bichos, plantas y vacunas» y «De grandes científicos, plantas y bichos» son los nombres de esos tres libros, que contienen artículos muy breves y narrados para hacerse entender. Además, es de agradecer que el título de cada uno de ellos (tanto de los libros como de los capítulos) sea tan descriptivo, ya que permite hacerse una idea de lo que una va a leer con echar un simple vistazo. No engaña: habla sobre genética, cuenta curiosidades sobre insectos y plantas; honra a otras científicas y científicos a los que debemos estar agradecidos por sus hallazgos; y sorprende con historias sobre virus, hongos, bacterias y enfermedades para no dormir. Ciencia en vena.

Todo lo que leas en esas páginas es información fidedigna y comprensible, algo que actualmente escasea.

(Des)Información en masa

Por un lado, el acceso a la información en masa y sin filtrados que ofrece internet es un arma de doble filo. Es necesario aprender y acostumbrarse a contrastar la información y asegurarse de la veracidad de las fuentes que estamos consultando. La red está llena de estupideces. Realizar este tipo de verificaciones requiere apenas un par de minutos; en cambio, «Reenviar a todos mis contactos» es inmediato y podría serles de ayuda, ¿no? Esto lo considero un grave error; no reenviéis mierdas por Whatsapp, por favor. 

No obstante, por desgracia, hay peores ejemplos. Aquellas personas que se creen cualquier cosa que ven en internet, al menos están tratando de ser autodidactas e intentan buscar la información por sí mismas. En cambio, los hay que se dejan ametrallar por lo que se dice (o grita) en los medios de comunicación sin oponer resistencia alguna, sumisos completamente, lo cual es todavía más perjudicial que lo anterior. Estamos en tiempos de alarmismo, desinformación, simplificación y tergiversación de los hechos.

¿Cómo evitamos que la gente repita como un loro aquello que ha dicho su presentador de tertulia taciturna preferida? Supongo que no viendo ese tipo de programas. Más Órbita Laika y menos tertulias de pseudoexpertos. Incluso, yendo más allá, podríamos tomar nota de lo que dice Ernesto Sabato en La resistencia y apagar la tele directamente (pero esto ya da para otro artículo).

«¿Qué ha puesto el hombre en lugar de Dios? No se ha liberado de cultos y altares. El altar permanece, pero ya no es el lugar del sacrificio y la abnegación, sino del bienestar, del culto a sí mismo, de la reverencia a los grandes dioses de la pantalla.»

 
Soluciones: ¿Qué hacemos?

Por suerte, hoy en día, hay suficientes herramientas como para poder filtrar mucha de esa información que nos llega. En primer lugar, existen páginas web como MalditaCiencia.es (premiada en 2020 al “Mejor trabajo periodístico de ámbito sanitario”) y MalditoBulo.es, ambas contribuyen a aclarar y desmentir noticias falsas acudiendo a fuentes fidedignas y con base científica. La otra solución está fuera de internet (ese mundo, ¿recordáis?): la tenéis en librerías y bibliotecas.

Leed libros, leed muchos libros, libros como estos que os comento: respaldados por una bibliografía que se sostiene sobre artículos científicos y que aportan contenidos comprensibles. Todo lo que nos cuentan se basa en conclusiones obtenidas tras aplicar el método, son teorías publicadas en alguna revista una vez superadas todas las revisiones pertinentes. 

En este punto es cuando entra en escena un mensajero necesario, el traductor de toda esa terminología a un lenguaje mucho más comprensible: el divulgador.

La divulgación científica (alabada sea)

Habrá quien se ría, pero de chavala lo flipé bastante con algunos libros de Punset (D.E.P). Todos estamos de acuerdo en que es necesario solicitar más inversión en ciencia, pero aquí lo que apoyo y valoro es a quienes tratan de hacerla más accesible para todos, a aquellos consiguen darse a entender tanto para el graduado en La Complu como para el graduado en «la universidad de la calle». Quiero trasladar mi ánimo y agradecimiento a todos los que lo hacen, por eso Jorge Poveda Arias me parece un buen ejemplo. Sus tres libros son autoeditados, lo cual dice mucho de la intención que hay detrás. El autor sostiene que “la ciencia que no es divulgada hacia la sociedad, es como si no existiera” y predica con el ejemplo. No podría estar más de acuerdo. 

Hay que leer ciencia, informarse mediante fuentes fiables y contrastar casi todo lo que nos llega. Estamos en medio de una batalla contra la desinformación, bulos y fake news o, mejor dicho, paparruchas (buscad la primera acepción de esta palabra en la RAE, por favor).

Nota: los transgénicos no son malos per se (véanse las plantas de tabaco transgénicas que ayudaron a la creación de la vacuna del Ébola), el E-162 es básicamente remolacha y los humanos tenemos hasta veintiséis sentidos, no solo cinco. Dicho esto, dudad de mis palabras y contrastadlo por vosotros mismos, que es de lo que se trata.

Rocío Palomino

1 Comment
  • Isabel C.J
    Publicado a las 18:35h, 19 abril Responder

    Tienes toda la razón y me descubro ante tu sapiencia.
    Gracias

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