Carlos Ruiz Zafón, el nuevo guardián de los libros olvidados

Carlos Ruiz Zafón

Fuente: Carlos Ruiz Zafón

«La costumbre es que la primera vez que alguien visita este lugar tiene que escoger un libro, el que prefiera y adoptarlo, asegurándose de que nunca desaparezca, de que siempre permanezca vivo. Es una promesa muy importante. De por vida» (La Sombra del Viento)

El pasado viernes 19 de junio, en un intervalo de apenas cinco minutos, mi teléfono móvil empezó a llenarse de whatsapps con la noticia de la muerte de Carlos Ruiz Zafón. Recuerdo quedarme parada de pie en el despacho de mi trabajo diciendo: ¿pero estaba enfermo?

Enseguida, las RRSS —vivimos en un mundo donde la información se expande más rápido que la pólvora— se hacían eco de su fallecimiento, a los 55 años, a causa de un cáncer de colon con el que estuvo conviviendo durante dos años.

Este es hoy mi pequeño homenaje a un escritor que lo dio todo por su ciudad consiguiendo con ello que nos enamorásemos de la Barcelona de época de guerra.

Descubrí a Zafón demasiado pronto

Un día cualquiera de 2001, con apenas 14 años, llegó a mis manos la primera edición de La Sombra del Viento. Había oído buenas opiniones de ese tal Carlos —desconocido hasta entonces para mí—, por lo que me atreví a bucear en él. Pero su momento, o el mío junto a su novela, llegaba demasiado pronto. Aún faltaba para mi hora. No llegué ni a las 50 páginas cuando volví a colocarlo en la estantería de mi casa. «Menudo tostón», pensé.

Al cumplir los 18 años (quiero pensar que con un poco más de madurez), una tarde de verano tuve una conversación con mi mejor amiga:

Ella: Alba, ¿has leído La sombra del viento?
Yo: No. Lo intenté hace unos años pero vaya tocho. No me gustó.
Su cara se transformó. 
Ella: ¿!Que no te gustó!? ¡Pero si tú adoras Barcelona! ¡Tienes que leerlo! ¡Es magnífico! Lo lees y nos vamos a pasear por esas calles que describe.

Podría seguir narrando esa conversación horas y horas. Tan bien me lo vendió, y tan pesada se puso… (todo hay que decirlo), que decidí darle una segunda oportunidad. Esa fue mi perdición y mi enrolamiento hacia la que es hoy una pasión por la literatura.

Libros

Fuente: Alba R. Prieto

En 2011, mi amiga y yo, seguíamos caminando bajo ese prisma de oscuridad, pero esa vez con una cámara bajo el brazo, intentando inmortalizar nuestra ciudad en blanco y negro. 

La Sombra del Viento y de mí

Siempre he dicho que hay obras que lees y se quedan escondidas de por vida en tu cementerio de los libros olvidados, porque creo que todos tenemos uno. Hay otras, en cambio, que sabes que jamás podrás sacarte de los circuitos neuronales donde almacenas miles de historias, esas que se quedaran ahí para la posteridad.

La Sombra del Viento ha sido, hasta el día de hoy, la novela que más veces he releído —más o menos una vez al año desde esos 18 hasta que los nórdicos empezaron a presionar—; aun así, cuando mi mente se iba abriendo camino hacia la novela negra, El Juego del Ángel se transformó en mi oscura adicción. Si el primero rescataba la sobriedad de la ciudad de la Expo Universal, la segunda era un ensayo psicológico de David Martín y Andreas Corelli, sus protagonistas. 

Barcelona, su gran amante

Zafón ha conseguido que amemos Barcelona, vivamos en ella o no. Pero no la actual, sino la de los años 20, 30, 40… Ese oscuro engranaje de callejuelas estrechas, de olores a humedad, de lúgubres personajes donde los eruditos se reunían en la biblioteca del Ateneu Barcelonès o en Els Quatre Gats, mientras a lo lejos se mezclaba el resonar de las campanas de Santa María del Mar junto al estruendo de los fusilamientos en el foso del castillo de Montjuic.
Su Barcelona, ahora solo existe de noche y en invierno, cuando la falta de turistas te permite sentirte como Daniel durante la madrugada en la que descubrió la entrada al cementerio de los libros olvidados, en la calle Arc del Teatro.

Estació de França

Fuente: Alba R. Prieto

Con Zafón hemos recorrido —y sobrevolado— Barcelona de cabo a rabo, desde lo que se conoce actualmente como la zona alta (Sarrià, Avinguda Tibidabo) hasta las estrechas aceras de los barrios Gótico, la Rivera y el Raval, pero también Puigcerdà (he de confesar que hice la ruta que hay allí sobre El Juego del Ángel…; los frikis somos así) y París, esta última teniendo como protagonista la emblemática Estación de Francia que, gracias a su estructura metálica y modernista se convirtió en la estación principal de conexión con la capital francesa en aquella época. Colgada del teleférico que une el castillo de Montjuic con la Torre de Jaume I y la Torre de Sant Sebastià he sufrido la desdicha de David mientras la lluvia caía a golpes sobre la ciudad. Con Zafón he recorrido mi ciudad de punta a punta y, algo que valoro mucho, he leído sus novelas sentada en la plaza Sant Felip Neri, donde todavía se conservan los reductos de metralla de una bomba que se lanzó en enero de 1938.

Plaça Sant Felip Neri

Fuente: Alba R. Prieto

El escritor ha sabido conjurar todo un entramado histórico de la época del régimen franquista con las historias de suspense y negras que enarbolaban a nuestros protagonistas. Tal fue la maravilla que dejó su estela con la tetralogía de «El Cementerio de los Libros Olvidados» que me alenté a descubrir otras obras como Marina, una historia de tintes similares pero donde lo sobrenatural juega un papel destacado en la relación de amor entre Marina y Óscar, dos jóvenes que se ven arrastrados por el enigmático Mijail Kolvenik y su pretensión de superar a la muerte transformándose en un engendro.
Y como de cementerios está rodeada la obra de Zafón, en Marina no podía ser menos. Pero cuidado, puede que os perdáis si decidís corretear por las calles de Sarrià en busca de su cementerio. Hasta hace muy poco, este, rodeado de casas que lo ocultaban y protegían a ojos de los extraños, no salía en el callejero de la ciudad. Quién sabe por qué.

Jordi Frades y mi proposición

Os voy a contar una curiosidad. Hace un tiempo, tras visualizar las series de televisión de Isabel y La Catedral del Mar, ambas dirigidas por Jordi Frades, le dije por una de sus cuentas de RRSS que tendría que dirigir la tetralogía de «El Cementerio de los Libros Olvidados». Para mi sorpresa me respondió: «Alba, ojalá, pero Carlos no quiere que sus novelas surquen la pequeña pantalla».
Quizá para dejarnos a cada uno de sus lectores el poder de descubrir quiénes eran Daniel Sempere, Julián Carax, Fermín Romero de Torres, Beatriz, David Martín, Andreas Corelli, Cristina Vidal o Isabella, entre muchos otros.

Tú mismo lo dijiste Carlos: «Cada libro, cada tomo que ves, tiene alma. El alma de quien lo escribió, y el alma de quienes lo leyeron y vivieron y soñaron con él». Por eso tú, aunque ya no estés, seguirás siempre vivo en todos nosotros y en tu amada ciudad, Barcelona.
Gracias por tanto. Tus libros descansan en mi propio cementerio, pero el de los que no se olvidan.

 

Alba R. Prieto

 

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